Hay días en los que los libros dejan de ser objetos para convertirse en escenarios. Me refiero al 23 de abril: Día Internacional del Libro y, en Cataluña, la diada de Sant Jordi.
Ayer me desperté ligera, contenta. Es una fecha que tiene algo de tregua, como si todos fuéramos parte de un pacto silencioso: un acuerdo tácito para bajar la guardia y celebrar la lectura, la escritura, los vínculos que nacen de las páginas y de las personas.
Ese día, miles de lectores se echan a las calles de Barcelona con una misión casi litúrgica: recorrer mesas repletas de libros, buscar firmas de sus autores favoritos, intercambiar palabras fugaces —y, con suerte, significativas— con escritores y lectores desconocidos.
El primer mensaje que recibí fue de mi hermana. Me decía que, por mi insistencia, había empezado a leer más. Y me regalaba Furia, de Silvina Ocampo. Que me diga eso es uno de los mayores halagos. Leer, para mí, es un elixir. Compartirlo con alguien es como revelar la receta de mi felicidad. Y que otro la pruebe.
Después de tomar unos mates con Fran, nos subimos a la moto rumbo a Barcelona. Yo no sé conducir, no duermo en buses ni en aviones, me sudan las manos en los coches… y le tengo miedo a las motos. Pero el día estaba despejado, y yo iba divagando un poco, pensando en los libros que quería conseguir, en la autora que quería conocer. Hasta que me acordé de que soñar en una moto no es buena idea. Mejor ir atenta a la ruta.
Llegamos a Barcelona a las diez. La ciudad ya latía diferente. La gente caminaba con rosas en la mano y sonreía porque sí. Se palpaba esa energía festiva, pero tranquila. Una alegría serena, sin excesos.
Y entonces empezamos a caminar. Porque Sant Jordi es eso: deambular entre carpas blancas —a veces envueltas en la senyera—, moverse entre la propuesta de las grandes editoriales y la de decenas de proyectos independientes; entre autores que firman sin parar y otros que rezan para que alguien se acerque a conversar.
Recorrimos las Ramblas de Catalunya, entre personas locales, turistas y migrantes. A mediodía, tenía cita con Cristina Rivera Garza. La descubrí hace un año y me impresionó. Escritora mexicana, ganó el Pulitzer en 2024 por El invencible verano de Liliana, un libro necesario y profundamente triste, donde narra el femicidio de su hermana. Pero no lo hace desde la crudeza explícita, sino desde lo sutil: ese entramado invisible y, muchas veces, imposible de nombrar que configura la violencia machista.
Cuando la vi, me acerqué. Le agradecí por estar ahí. Sonreía, y el contraste entre sus labios rojos y sus dientes blancos era hermoso. Creo que también estaba un poco desbordada por la magnitud del evento.
—Es mi primer Sant Jordi —me dijo—. ¿Cómo me ves?
—Te veo estupenda. Te conocí por El invencible verano… Qué manera de llorar.
—Ay, y sí… Mi nuevo libro, Terrestre, es el lado B.
—Estoy a punto de descubrirlo —le dije, mientras le entregaba mi ejemplar recién comprado—. Pero qué forma tan bella de escribir tenés. Te admiro.
—Muchas gracias —me respondió con una sonrisa.
Se hizo un silencio cómodo mientras firmaba mi libro. Me lo devolvió con esa calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.
—Muchísimas gracias, Cristina.
—Gracias a ti.
Cercana. Amorosa. Humana. Con un look inconfundible: gafas grandes, cabello blanco, collares de piedras antiguas, carácter sereno.
Si Sant Jordi hubiese terminado ahí, hubiera sido suficiente para mí, porque estaba feliz.
Pero seguimos caminando. Descubriendo nuevas editoriales, otros autores. Tentaciones constantes. Si hubiera comprado todo lo que quise, hoy estaría en bancarrota.
Pasado el mediodía, la ciudad cambió. Llegó la multitud. Me gusta estar entre la gente, pero estas mareas humanas —tan típicas en Barcelona— pueden volverse abrumadoras. Era tal el amontonamiento que los móviles dejaron de funcionar. Sin señal, sin cobertura. Una desconexión digital necesaria, pero incómoda en medio del tumulto.
—Es hora —le dije a Fran. Nos subimos de nuevo a la moto.
Mi casa está en Castelldefels, a unos 22 kilómetros. Volvimos con el viento fuerte y salado tirando hacia un lado. Yo, bien aferrada a la moto. Al llegar, descubrimos que allí también se celebraba Sant Jordi. En la Plaza de la Iglesia, las librerías locales habían sacado sus mesas, los autores del pueblo firmaban, los vecinos regalaban rosas. Era el mismo espíritu, pero en versión íntima.
Feliç Sant Jordi, se decían. Se hablaba de libros. De rosas. De dragones.
Porque Sant Jordi es también eso: la leyenda del caballero que salvó a la princesa del dragón. De la sangre del dragón brotaron rosas. Por eso se regalan. Y aunque hasta hace poco las mujeres recibían flores y los hombres, libros, la tradición va cambiando. Se adapta. Como toda buena historia.
Y eso es lo que celebro. Que los relatos no se mueren. Se transforman. Se resignifican. Se cuentan de nuevo.
Sant Jordi es, y será, mi día favorito del año.
Ojalá los libros sigan encontrando lectores.
Que nadie quede afuera de esa posibilidad.
Que sigamos celebrando este milagro cotidiano de pasar páginas, una y otra vez.
Y que podamos hacerlo en soledad y en comunidad.
Porque no hay nada más humano que compartir historias.

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